14 Dic, 2005

Zoro

El futbolista del Messina cogió el balón con las manos y se dirigió al árbitro. O dejaban de proferir gritos insultantes por el color de su piel o se marchaba del campo. Zoro estaba harto de sufrir las agresiones verbales de los hinchas del Inter.

Me recuerda Elías Israel, exdirector de Marca, la tarde en la que Guus Hiddink, siendo entrenador del Valencia, ordenó retirar una esvástica del estadio de Mestalla. El fútbol no puede escudarse en su condición de reflejo de la sociedad para permitir conductas de esta naturaleza. Este hecho, acaecido en Italia, nos recuerda lamentablemente otras situaciones similares que se vienen produciendo recientemente en el fútbol español.

Estamos ante una cuestión de simple y llana educación y que bien tratada contribuirá a endulzar la convivencia. Gritos racistas, insultos xenófobos, pancartas de toda índole, actitudes agresivas que generan un rechazo profundo entre las comunidades autónomas que integran el Estado… ¿Dónde está el límite y a quién corresponde la exigencia de responsabilidades? ¿Por qué se anima a equipos de Madrid al grito de “España, España” cuando juegan contra rivales de Catalunya o de Euskadi? ¿Por qué se permiten banderas con símbolos preconstitucionales?.

Si toleramos que el fútbol aumente la repercusión de estas conductas, estaremos sirviendo de caldo de cultivo a una grave génesis de violencia. Y se me antoja inmoral actuar socialmente con el doble rasero de pedir justicia para un tipo de violencia concreta mientras miramos a otro lado cuando la agresividad se hace un nido en los estadios.

Zoro no abandonó el partido porque los futbolistas de color del Inter, Martins y Adriano, se lo pidieron y porque los gritos cesaron en las gradas. No resulta aceptable en ningún caso que nuestros niños vayan creciendo en un mundo que no exige responsabilidades a quienes siembran la guerra mientras predican la paz. El fútbol debe actuar con contundencia.