14 Jun, 2013

El espíritu de Mandela

Nelson Mandela no se quejó jamás de los veintisiete años que pasó encarcelado, dieciocho de ellos en Robben Island. Recuerdo la imagen desde Ciudad del Cabo, la ciudad más bella de Sudáfrica, y la  sensación que me produjo la historia de aquel hombre, llamado Madiba en honor a sus ancianos.nelson-mandela-copa-del-mundo

Nadie como él supo amar el deporte y darle el sentido que encierra dentro de la dimensión humana. Aquella tarde de 1995, en el viejo Ellis Park, el continente negro modificó sus costumbres, abrió los ojos a otras ideas y se escenificó el más preclaro de los mensajes. Mandela, líder entre los líderes por su sencillez, por su humildad, por su sincera humanidad, encabezaba siempre la fila en sus breves recorridos dentro del patio de la prisión. Tal vez por eso, decidió encabezar también el movimiento de unidad y de paz jamás imaginado cuando se enfundó la camiseta del capitán del equipo de rugby sudafricano, François Pienaar. Un presidente negro con la ropa del blanco. Confieso que la primera vez que me senté en Ellis Park, hubo lágrimas rodando cuesta abajo desde mis ojos. Me hallaba ante un trozo de la historia inolvidable. 

 Más tarde, recorrí en autobús la distancia que nos separaba de Soweto, el único barrio del mundo que habitaban dos  Nobel de la Paz, Desmon Tutu y Mandela. Vi de cerca el hambre, la miseria, la tristeza. Algo de mí se quedo en aquellas tierras arenosas,  donde los niños piden un billete para comer o, tal vez, para imaginar un futuro mejor.  

 La noche de la final, Mandela recorrió la hierba del “Soccer City” de Johannesburgo, la ciudad gris de las entrañas de oro. Saludó a los millones de espectadores de la final del Mundial 2010, presentes o por televisión. Y pensé que estaba ante mi única vez. Nunca volvería a tenerlo tan cerca. El hombre que consiguió para los opresores el perdón de los oprimidos había usado una pelota ovalada y una camiseta verde de los Springboks. Una réplica reposa en mi estantería. “Es hora de dejarlo partir”, dijeron ayer. Pero no se irá nunca. Un trozo de Madiba siempre reposará en mi armario.