A un hombre que dejó veintisiete años de su vida entre barrotes y salió sin guardar
rencor a sus carceleros, el mundo le debe un Mundial y más cosas. A un hombre
que, condenado a cadena perpetua, rechaza la libertad a costa de la indignidad
de su pueblo, le debemos una memoria constante. Hace unos días, con motivo de
la investidura de Nelson Mandela como Doctor Honoris Causa por la Universidad
Europea de Madrid y varias universidades americanas del grupo Laureate International
Universities, Mac Maharaj, compañero de prisión del interno 46664, relató con orgullo
cómo Mandela les ordenaba ralentizar el paso cuando andaban en formación al aire
libre la única hora que se les permitía, cómo asumía la primera fila del grupo de presos
en el patio para ser el primero en recibir las represalias… Maharaj narraba con detalle
la vida de un luchador, de un hombre que movió los cimientos de su país, que huyó
de la tribu en la que debía ser jefe, del que se licenció en Derecho para defender
los Derechos Humanos, provocando lágrimas de admiración y respeto. Cuando
uno se adentra en la vida de Nelson Mandela, comprende mejor por qué la FIFA,
y en especial su presidente Joseph Blatter, tomó la sabia decisión de organizar en
Sudáfrica el Mundial y la Copa Confederaciones. Hay países, en verdad continentes,
con los que el primer mundo estará siempre en deuda. Nelson fue hombre de fútbol,
jugaba en los pasillos de la cárcel con pelotas de papel. Cuando regresó a la libertad,
en la final mundial contra Nueva Zelanda, bajó a saludar a los jugadores. Llevaba
puesta la camiseta de un jugador blanco. Del capitán. Setenta mil hombres negros
aplaudieron el gesto. Mandela, Madiba, llegó también a la paz a través del deporte.
España fue recibida y agasajada durante la Copa de Selecciones Campeonas de
cada Confederación, hace un año. En esa Copa donde bajamos a la tierra para poder
reflexionar mejor sobre los favoritos y los que no lo son, en aquella Copa en la que
Estados Unidos nos ayudó sin saberlo a ser conscientes de las limitaciones que
impone el fútbol, allí, aprendimos que Suiza, Honduras y Chile serán equipos muy
peligrosos, a pesar de que sus estrellas no se llamen como las grandes estrellas de
nuestra Liga. Nos recibirán ciudades que han marcado el rumbo de la historia de
Sudáfrica, Pretoria, Johannesburgo, Sharpeville, Ciudad del Cabo… lugares en los
que muchos hombres y mujeres murieron luchando por la libertad. ¿Cuántos Mandelas
fallecieron enfermos, maltratados, descuidados, en las cárceles sudafricanas?
¿Cuántos sufrieron el apartheid? ¿Cuántos conocieron Robben Island y sus celdas
de castigo? ¿A cuántos Madiba, como ellos lo llaman, hemos quedado sin conocer?.
Esta Copa del Mundo será otra Carta de la Libertad, como la que Mandela suscribió
en 1955, llena de esperanza para un pueblo que solo pedía justicia, libertad y
democracia sin usar medios violentos. España jugará sus Cartas de Libertad en el
fútbol, con las armas del talento, la creatividad, el sacrificio, el espíritu de grupo, el
sentimiento de país, la sensación de elemento vertebrador de un alma común, el
alma de La Roja por la que todos suspiramos. Hay mucho de reivindicación en este
Mundial, después de tantos años pareciendo tanto sin ganar nada, creyéndonos
más de lo que cristalizábamos… Hay mucho de rebelión del fútbol español en esta
causa sin muertos, ni cárceles ni represalias, en este mundo de 105 por 70 en el
que los hombres se sienten libres independientemente de su color, de sus creencias
o de sus orígenes… Hay en juego un sueño de una nación, de una gran comunidad
internacional de españoles repartidos por todas las tierras del mundo. Nuestros goles
se festejarán en París, en La Habana, en Buenos Aires, en México o en Lima, en
Bruselas y Berlín y en todos sus alrededores, españoles en Moscú y en China, Japón
o Corea. Y en España entera.
Y, aquí, sobre la piel de toro, nos vendrá bien refrescar la memoria de los grandes
hombres como Mandela, porque sus virtudes son las que hacen grandes a los
deportistas. Es el Mundial de Mandela. Y debería ser también el de España porque
algo de Madiba llevaremos en la sangre, roja como la suya, y en las pieles distintas de
nuestros futbolistas.