El Rayo Vallecano es un club atípico. Nadie lo duda. El dueño es José María Ruiz Mateos, que jamás había tenido relación con el fútbol hasta que descubrió su utilidad, muchos años después del escándalo de Rumasa. Y el empresario jerezano, que pudo hacer un gran club, se ha convertido en uno más, en un propietario del montón, en alguien a quien le importa poco el criterio serio y coherente para dirigir un club de fútbol. Ruiz Mateos no ha sabdio rodearse de personas preparadas y capacitadas, no ha sido capaz de formar un buen grupo para dirigir la empresa del fútbol y no ha podido cumplir sus anuncios de un gran Rayo. No sirve como excusa el hecho de que el Rayo pierda ochocientos o mil millones cada año. La verdad es que Ruiz Mateos ha dejado el club en manos poco capacitadas y no se lleva con lógica sino con amiguismos, favoritismos, filias, fobias y otros apaños. La presencia de su esposa, Teresa Rivero, al frente de la entidad no va más allá de ser una anécdota para distraer atenciones. La esposa de Ruiz Mateos ofrece una imagen agradable, distendida y simpática de la familia y del club pero no duden que su función real es puramente decorativa. Hace seis meses que los empleados de Ruiz Mateos y el propio José María insistieron para que Fernando Vázquez aceptase dirigir el equipo con instrucciones concretas y expresas de fortalecer un bloque basado en la cantera, sin un solo fichaje, sin gastar un euro y tirando de la base. Eso exigía una buena dosis de paciencia, de tranquilidad ante los resultados adversos que, a buen seguro, iban a llegar. Lo convencieron para que rechazase una oferta excelente para seguir en Las Palmas con un contrato multianual y con buenas cifras de negocio. Ahora, medio año después, habiendo ganado en campos como Balaidos o El Sadar, después de haber sentenciado al Barca de Van Gaal, después de haberse arriesgado con jugadores jovencísimos, ahora, Ruiz Mateos y sus empleados han conseguido echarlo. El pecado de Fernando Vázquez fue trabajar y no tragar. Ruiz Mateos ya no engaña. Le han hecho la prueba del algodón. Un hombre sin palabra.