Pedro es amigo siempre especial. Encarna la constancia y la tenacidad como ningún otro. Todo cuanto es y cuanto tiene se lo se debe a su mejor amigo: a sí mismo y a su esfuerzo. Pedro Abrego ha llegado a la plenitud de su vida gozando del cariño de los suyos, del afecto de sus familiares y del amor de sus amigos.
A Pedro no se le conoce un mal gesto si no viene de la ironía. Siempre está de buen humor porque del humor ha hecho una constante vital. Sabe que la vida se estira por sonrisas y la suya es sincera, noble, brava, como las olas del Cantábrico que lo vieron despegar hacia el mundo. Pedro es el mejor ejemplo de la generosidad, del altruismo, de la proyección en el beneficio de otros. Pedro Abrego y de Velasco, como gustan de llamarlo sus cercanos, Marqués de Lerín y de las Canteras, Señor de las Aguas Calientes del Mar Menor y No Sé Cuántas Cosas Más, no presume de nada que no sean sus amigos, su familia, Doña Julia, Yula, Antolín, y sus nietos, Pedro y Gabriel, Iñigo y Ana, objeto directo de un cariño supremo, superior e insuperable.
Pedro es amigo siempre próximo, más cercano en las duras que en las maduras, preocupación constante por los suyos, placer en amarte, gusto en ayudarte, tesón, tenacidad hecha hombre, envidiable capacidad de trabajo, un alma entregada al sacrificio para que el mundo, su mundo, no pierda jamás un ápice de su sentido. Pedro es soldado al pie del cañón, exigente consigo mismo desde que Dios lo puso sobre el planeta Tierra, capaz, solidario, generoso, entrañable: él. Pedro es amigo siempre abierto. Abierto a la ayuda, a la colaboración, a la cooperación, a la obra común. Huye del egoísmo, sofoca la rebeldía con la lucha y sufre por no dar más de lo que da. Pertenece a esa clase de gente que sabe que se ha ganado el cielo y sigue peleando como si no lo supiera, como si no lo quisiera saber. Todavía.
Cuando lo conocí tuve la sensación de haberlo conocido siempre. Como a un padre, como a un tío, como a un hermano, como a un amigo de la más tierna infancia, Pedro Abrego forma parte de mi paisaje cotidiano, de mis pinturas, de mis acuarelas con el mar al fondo y los árboles en segundo plano, como un amanecer sobre las lomas verdes que caen al mar del norte, como el atardecer bello de sol enrojecido. Me gustaría haberlo tenido siempre cerca, siempre a mano. Por ello, ahora, lo disfruto con su buen humor, con su optimismo, con su alegría, con su mordacidad y su ironía, con sus frases que chorrean años vividos, disfrutados y sufridos. Siento orgullo de ser su amigo, de que el haya querido ser el mío, de haber compartido ilusiones y tristezas, más de las primeras que de las otras, de habernos visto caminar juntos, mano con mano, familia con familia, hombro con hombro. Golpe a golpe, verso a verso, como Machado…
No quiero esperar cien años para decírselo ni que se vaya sin saberlo ni irme yo sin que lo sepa. Escribo esta líneas breves, sencillas, nacidas del corazón agradecido y compañero, para que él las lea ahora mismo, hoy, para que las paladee lentamente, para que las goce, para que las sienta, todo ello ahora que puede hacerlo, ahora que es capaz de emborracharse de sentimientos y de afectos bien sentidos. Pedro Abrego es un honor para mi país y para mi tierra, un ejemplo para mis conciudadanos y por supuesto para mí. Pedro es de esos hombres que uno tarda siempre demasiado tiempo en encontrar porque nunca es pronto para disfrutarlo. Pedro engarza generaciones con generaciones, días y meses con años y lustros, y le va sacando brillo a la historia de las personas, que es la historia misma de cada día. Pule la vida y la abrillanta como la joya que es, que siempre ha sido y siempre será.
Pedro es barco de rumbo fijo, de timón firme, que navega contra el viento y la marea, si ello fuera menester, para llevar a los suyos a puerto seguro, a tierra firme. Pedro es nave y es ola, es tierra y es faro, y es marino y es viento. Pedro es vida, es esperanza, es constancia, es trabajo, y al mismo tiempo, es genio y es ingenio, es pensamiento y suspiro, es árbol y es fruto, es jardinero y es flor. Probablemente, no hace falta que se lo escriba ni que él lo lea, pero sentía esa necesidad interior de manifestar que, a veces, en muy contadas ocasiones, el amor a los hombres debe quedar reflejado con claridad para que nunca haya dudas de que es un amor cierto, un afecto rotundo, un cariño sereno. Pedro sabe que se ha ganado el cielo. Lo que aún no le han dicho todavía es que, además, se lo merece. Que Dios te guarde muchos años, Marqués, para seguir gozando del privilegio. Que Dios te guarde muchos años. Todos los años del mundo.